domingo, 22 de febrero de 2015

Los juegos del hambre – Versión de Rue

LOS JUEGOS DEL HAMBRE – VERSIÓN DE RUE


PARTE 1: LA COSECHA

Cuando me despierto, la vasta luz de la mañana se filtra por debajo de la puerta. Entrecierro los ojos un par de veces para que la vista se me acostumbre a la claridad y me levanto de la cama con mucho sigilo para no despertar a los pequeños. Mis cuatro hermanos y yo compartimos dormitorio, ya que la casa que tenemos asignada solo consta de tres habitaciones, y dormimos todos juntos sobre un enorme saco lleno de hojas de mazorca. En cuanto me pongo en pie, me visto con la ropa de trabajo y entro en nuestra pequeña cocina. En la mesa mi madre me ha dejado un poco de pan hecho con los insípidos cereales de las teselas.

Es el día de la cosecha, y aun que es la primera vez que participo, mi nombre entrará cinco veces en la urna. Para celebrar la velada, hoy no tenemos que ir a la escuela, pero sí al campo para recolectar. Yo trabajo en la parte alta de los cultivos dónde los frutos nacen en los árboles. El Distrito 11 es uno de los distritos más grandes de Panem, según nos enseñan en la escuela, y se dedica principalmente a la agricultura.

El turno anterior al mío acaba dentro de siete minutos, así que salgo de casa y me dirijo a mi puesto para empezar. A las ocho en punto, suena la campana. Cientos de personas abandonan el campo y se dirigen a sus casas para prepararse para la cosecha. Entre ellas se encuentran mis padres. Mi madre se llama Mina y mi padre Byron, tienen la piel morena y el pelo oscuro, pero a diferencia de mí, sus ojos son verdes.

En cuanto el ensordecedor sonido cesa, ya estoy junto a las herramientas que me han asignado para trabajar: unas tijeras, una pequeña sierra y un saco. Durante las próximas cuatro horas, tengo que recoger los frutos de cincuenta palmeras si quiero ganarme la paga.

El sol es abrasador, y aun que tengo mucha practica trepando y recogiendo dátiles, este hace que ralentice mi ritmo de trabajo. Así que a las diez, solo he acabado de vaciar los racimos de veintinueve palmeras. Me siento en lo alto del tronco donde las hojas laciniadas en forma de penacho forman un cómodo asiento. Me como el pan que me ha preparado mi madre y un par de dátiles que he recolectado.

En pocos minutos, localizo a mi mejor amiga, Aria (diminutivo de Vulgaria: planta leguminosa de flores amarillas, blancas o rojizas, que se emplea machacada en cataplasmas para curar heridas). Está en el campo de al lado recogiendo las vainas de soja que el viento ha hecho caer al suelo. Al contrario de la mayoría de los habitantes del distrito, Aria tiene la piel blanca como la nieve que cae en invierno y el pelo rubio como los rayos del sol, porque es alvina. Su padre trabaja en el mismo grupo de conreo que el mío, y su madre es profesora de biología en la escuela. Se sienta a mi lado en la clase, y aun que es muy callada, tiene un don para las redacciones.

Dos horas exactas después, avisto la bandera que indica el final de mi turno. Es de un color rojizo chillón y tiene el estampado de una mazorca. Como de costumbre, pronuncio cuatro notas muy sencillas en alto. Los sinsajos que hasta ahora no han parado de silbar, se quedan en silencio para escuchar la melodía que vuelvo a repetir un par de veces. Unos instantes más tarde, todos ellos la cantan. Un conjunto de voces en armonía hacen de los simples sonidos una hermosa banda sonora. Con esta señal, que todos mis compañeros de turno conocen, el campo se queda vacío de inmediato.

Cuando acabo de recoger, paso por delante de la caseta de los vigilantes para que pesen la recolecta que he hecho. Antes de que la cuerda que delimita el paso, llegue a su fin, devuelvo las herramientas que he usado. Es obligatorio hacerlo, ya que si no, te castigan. Después me pongo en una cola de decenas de personas para recibir mi salario. La verdad, es que no es gran cosa. Me pagan cuatro monedas por cada kilo entero de dátiles que recojo. En cuanto al dinero, no te puedes quejar. Si lo haces, simplemente no te dan nada.

-Siguiente, por favor –me dice el vigilante recogiendo el saco que he dejado en el mostrador.
-He recogido tres quilos y ochenta y siete gramos de dátiles –le contesto mientras mira asombrado, a la vez que con incredulidad, el numero marcado.
-Aquí tienes –y deposita trece monedas y una bolsa con siete manzanas delante de mi– Para celebrar la cosecha.
-Gracias – aún que no sé muy bien que hay que celebrar, ¿tal vez la muerte inmediata de dos chicos?
-De nada –me contesta sin inmutarse y llama al siguiente.

El barrio en el que vivo, La Veta,  es el más pobre de todo el distrito, y para mucha de su gente, una moneda más o menos les supone la diferencia entre la vida y la muerte.
No me cruzo con nadie en el camino de vuelta. Todas las casas del pueblo desprenden tristeza y dolor. Muchas familias han perdido hijos en los Juegos, y hoy, dos familias más se les unirán. Hace mucho tiempo que el Distrito 11 no tiene un vencedor. Nuestros representantes son fuertes, saben encontrar comida y refugio, pero la mayoría no sobrevive a los tres primeros días en la arena.

En cuanto abro la puerta y dejo el sombrero de paja, me encuentro a mi hermana pequeña sentada con la mirada fija en una taza de té. Solo tiene nueve años y luce un recogido con dos coletas que le caen por ambos lados de la cara. En el otro lado de la cocina esta mi padre vistiendo a mis otras tres hermanitas de seis, cinco y tres años.

- Te he preparado un cubo de agua caliente para que te bañes. – me dice mi madre cabizbaja. Está de pie delante de la encimera y lleva mucho peor lo del sorteo que yo.
- De acuerdo, ahora voy. – le contesto dirigiéndome hacia ella y abrazándola como si fuera la última vez – Por cierto, casi se me olvida, ¡mira lo que te he traído!
Cojo el saco que llevo colgado en la espalda y lo dejo caer encima de la mesa. La reacción es la esperada, ya que todos se acercan corriendo a mí alrededor para contemplar la fruta. Toda esta en perfecto estado y parece tan delicada que nadie se atreve a tocarla. Al cabo de unos minutos, mi madre la recoge con mucho cuidado y la lava.

El agua está a la temperatura perfecta. Me quito las botas, el mono agujereado, la camisa sudada y la ropa interior. Entro poco a poco en el barril y me siento. No es muy profundo, pero sí lo suficiente para que el nivel del agua me cubra hasta el cuello estando yo sentada. Con la ayuda de la esponja y un jabón casero hecho de aceite usado, lavo toda la suciedad incrustada en mi cuerpo. Después de dejar la piel reluciente, continúo con el pelo. No es una tarea nada fácil, porque tengo el pelo muy rizado, y aun que lo llevo corto, los dedos se me lían en él. No tardo mucho en aclararme, y cuando salgo, un escalofrió me recorre todo el cuerpo.

Una toalla vieja me espera junto al lavadero. No es de un color vivo ni mucho menos, pero huele a casa. Junto a esta, mi madre ha dejado un vestido tejano de color gris perlado. La parte superior es exacta a la de los monos que usamos para trabajar en el campo salvo por el color y que no tiene ningún agujero. La parte inferior, ya es otro mundo. Acaba en una falda corta con unos bordados de hojas. Al ponérmelo noto que el tacto es suave y que debe estar forrado por dentro. Cuelgo la toalla y salgo del baño ya vestida de manera que solo me quede ponerme los zapatos.

A las doce y media todos están preparados para salir. Normalmente, a esta hora, estaríamos comiendo, pero ese lujoso tiempo de paz, se reserva para después de la cosecha. De esta manera aquellas familias que no han tenido que enviar a nadie a los Juegos, podrán celebrarlo como es debido. Por otro lado, para aquellas otras que no han tenido esa suerte, no creo ni que coman.

La plaza está a 10 minutos caminando. Conforme nos acercamos a nuestro destino, el barro se hace más denso, lo que significa que ya ha pasado mucha gente por encima. En cuanto llegamos, la cantidad de gente que hay me pone los pelos de punta. Al ser la primera vez que participo en la cosecha, es también la primera vez que asisto a la celebración. Las imágenes que  he visto hasta ahora en el televisor, no son para nada comparables con el lugar. Todas las tiendas abandonadas y malo lientas de alrededor están decoradas con banderas. En frente de la enorme estructura de mármol que llaman Edificio de la Justicia, han montado un escenario improvisado. Justo delante de él, hay dos corrales delimitados por una cuerda, y repletos de las futuras víctimas del azar. 

Escrito por: BetaTauri

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